
NO MIRES ATRÁS

Empieza a leer
A veces la verdad llega demasiado tarde
Capítulo 1
Redes
No llevaba dos meses en San Sebastián cuando mi madre me lanzó la bomba por teléfono:
—Iker, amor mío, no te asustes.
A mi padre le habían diagnosticado demencia. Reaccioné con un silencio que la descolocó.
—No ha sido de golpe, cariño.
Pero sí me lo contaba de golpe, sin preámbulos, cuando podía haber deslizado alguna pista en cualquiera de las rutinarias videollamadas de antes de cenar. Abrí la ventana de casa buscando consuelo en el rompeolas y, con un sonido bronco, me quejé.
—La vida es así, hijo.
—La vida no es así, mamá.
Ella protestó y le pedí un minuto para pensar. Era imposible. Quería que me diese detalles. Quería, sobre todo, hablar con él.
—No se te ocurra comentarle que yo te lo he dicho, hijo.
—¿Hasta qué punto se entera de las cosas?
Mientras se fustigaba por la llamada, me dijo que aún lo entendía todo. Habría preferido contármelo de otra manera, pero se emocionó al oír mi voz y no había podido evitarlo. No debía preocuparme. Ya me iría diciendo.
—¿Puedo llamarlo? —Cerré la ventana. Me estaba helando.
—Ha sido hoy cuando le han confirmado el diagnóstico…
—Que si lo puedo llamar, mamá…
—Sí, Iker. Claro que puedes hacerlo.
En Alfredo, mi padre, siempre encontré protección. Sin presión alguna. Era un lazo invisible que él me tendía y al que yo sabía, desde pequeño, agarrarme. Nunca utilicé ese lazo. O siempre lo hice.
Seguramente tendría algo que ver que fuera treinta años mayor que Marita, mi madre. Le tocó interpretar un rol forzado que nunca había previsto cumplir, pero consiguió establecer un escenario a su medida y allí se movía a placer, por lo consentido que lo tenía ella y por lo fácil que siempre se lo puse yo. Era un padre abuelo. De no reñir. De mucho escuchar. De lágrima fácil. Mi padre era de caramelo.
La llamada desde Sevilla me dejó atado a la silla hasta que oscureció. Solo las olas rugían.
Tomé el primer autobús de la mañana. En lugar de hablar con mi padre por teléfono, decidí que lo mejor sería presentarme en casa para comprobar yo mismo su estado.
Teletrabajé en mi asiento mientras el amanecer se iba abriendo a mis espaldas hasta llegar al aeropuerto de Bilbao ya de día.
Tomaba un café en el Santa Gloria de Sondika cuando se me acercó una mujer delgadísima, de nariz torcida, bien entrada en la cincuentena. Era una completa desconocida.
—¿Iker?
Casi derramé el café.
—Cariño, iba tras de ti en el autobús, perdona. —¿Quién era esa mujer? La invité a sentarse, pero no quiso—. Estás igual, ¡te reconocería en el fin del mundo! —exclamó, nerviosísima, tanteando mi mirada—. Me he enterado de lo que estáis pasando con Alfredo. —Me quedé congelado. ¿Cómo podía saber lo que le ocurría a mi padre?— Es cuestión de encontrar un buen neurólogo. —Se recolocó el pelo—. Me alegra que te hayas instalado en Donosti. ¡Peio no me dijo nada!— ¿Peio?
Mi cabeza trataba de buscar un nombre, una historia tras los ojos de esa mujer emocionada pese a mi despiste.
—Se te ve todo un hombrecito con esas gafas. —Cerró los ojos—. Te echo tanto de menos…
—¿Vuelas a Sevilla? —le pregunté. Necesitaba encontrar una pista antes de confesar que no tenía la menor idea de quién era.
—¿A Sevilla? No… No he perdido nada allí. —El tono me desagradó. Se giró al tablero del aeropuerto—. ¡Ah! Ahí está mi vuelo. —Escribió en una agenda de cuero antes de rasgar la hoja y dármela—. No dejes de llamar. Sueño con recibirte de nuevo donde las redes.
¿Donde las redes?
Capítulo 2
Zafarrancho
—Espero que no le hayas contado nada a mi hermana —indagó mi madre camino de casa.
Una mirada arisca fue la mejor manera de responderle.
—Te dejo en la esquina del Paseo Colón, Iker. —Yo estaba deseando salir de aquel coche minúsculo—. Vuelvo corriendo al trabajo.
—No te pedí que me recogieses, mamá. —Lanzó una mueca de reproche—. ¿Papá sabe que vengo?
—Claro, hijo, ¡cómo no lo va a saber! —Bajé del coche—. Gloria se alegrará mucho de verte.
Los ventanales, abiertos de par en par, me confirmaron que era uno de esos días de limpieza general que ya aborrecía cuando vivía allí porque me dejaban sin refugio.
Fui a por Gloria antes de buscar a mi padre.
Me precipité, como siempre, en sus brazos. En sus pechos, en su aliento. Busqué que me acariciara la nuca, que lo hiciera como nunca lo haría mi madre.
—Llego a saber que vienes con más tiempo y no llamo a los del encerado, mi niño. —Su beso olía a la Gloria de mi infancia—. Te echo de menos.
Yo no quería salir de ese abrazo. Ella tenía una triste historia de abandono a sus espaldas, pero había encontrado acomodo entre nosotros, convirtiéndose con el tiempo en el alma de aquella casa.
Me acompañó al despacho y llamó con los nudillos.
—¿Alfredo?
—¡Voy! —Gloria se apartó con un guiño de ánimo que transmitía desasosiego.
Allí sí estaba el ambiente oscuro, lo que me inquietó, porque los días de zafarrancho no se libraba ni el Tato de que la luz entrase a raudales.
—Hijo mío —Me abrazó—. No pensaba verte tan pronto por casa.
Yo lo agarré fuerte, tanto que noté una fragilidad desconocida en él.
—Me vas a descoyuntar, Iker.
No quería hablarle del trabajo, pero mis inquietudes se apaciguaron al comprobar que sus preguntas eran coherentes.
—¿Las clases de euskera?
—Ya tengo más confianza —le confesé—. Es una forma de trabajar una parte distinta del cerebro. —Mi padre se rio—. Me hace ilusión practicarlo con mamá.
—A ella se le ha debido oxidar después de tanto tiempo, Iker… —Estaba embelesado conmigo—. ¿Sigues con el yoga? —Asentí—. ¿Y los mostos después del yoga?
—También. Esos mostos son lo mejor de la semana —aseguré con una sonrisa—. ¿Cómo estás tú? —pregunté, evitando el tono de angustia.
—Te han hecho venir para nada, hijo. —Se levantó a tomar agua de su neverita—. Siéntate, anda…
—No me asustes…
—Aquí nadie se tiene que asustar. Presta atención —dijo, y, a continuación, dio un trago largo al vaso, sabedor de que algo importante estaba por desvelarse—. Pero quiero firmar un pacto de caballeros contigo antes de decirte nada.
—¿Cuántos pactos de caballeros llevamos firmados ya?
Capítulo 3
Pactos
Alfredo se había ganado el derecho a no ejercer de clásico progenitor, porque él nunca había querido tener hijos.
—Tú y yo vamos a firmar un pacto —me dijo, cuando yo apenas acababa de comenzar el bachillerato—. No nos meteremos nunca en la vida del otro.
Lo expresaba con semblante serio, algo raro en él, lo que daba aún más solemnidad al acuerdo.
—De lo contrario —insistía—, no podremos confiar el uno en el otro.
Fue entonces cuando me contó su secreto.
—¿Qué tenemos que pactar ahora? —pregunté sin querer que mi tono resultara agresivo.
Pero así lo tomó.
—Olvídate entonces.
—Vamos, papá, no seas infantil.
—Los pactos entre tú y yo siempre han ido en los dos sentidos, chaval.
—Me aterroriza cuando me llamas chaval.
El viejo sonrió y se acercó, a pasos demasiado cortos como para no emocionarme, a su sofá.
—¿A estas horas no teletrabajas?
Me planté frente a él mientras terminaba de beber el último sorbo de su vaso de agua con la mirada líquida de los mejores momentos.
—No cambies de tema. Mamá está preocupada por ti —confesé por fin.
—Sabes que lo sé.
Capítulo 4
Estrategia
Nuestra vida de tres era la eterna preocupación, en las cosas pequeñas, de mi madre por él. Nos encerró en una esfera de la que ella defendía cada batalla por convertirnos en una familia ejemplar. Tanta obsesión escondía fragilidades en mi madre, como no podía ser de otra forma. En ese entorno tan controlado, viví una infancia de mayores. De películas en versión original proyectadas en el salón, de escenas de Esquilo en las que mi madre hacía de Casandra, de cursos de cerámica en mi habitación, entre hornos portátiles y esmaltes con olor a academia. Ser un niño normal era una quimera. Pero si había un chaval mimado en esa casa espaciosa de la calle Orfila no era yo. Era mi padre.
—¿Qué te ha contado esta vez tu madre? —me preguntó.
—Cuéntamelo tú —le provoqué.
—Te habrá dicho que se me ha ido la cabeza. —Esbocé una sonrisa—. Que el neurólogo me ha diagnosticado Alzheimer.
A mí se me removió el estómago.
—¿Es cierto eso, papá?
Él negó con la cabeza. Para mi alivio.
—No es cierto, pero ella cree que sí.
Aquella respuesta me desconcertó.
—Déjate de acertijos —protesté—. ¿Has ido al neurólogo?
—Está todo bien, hijo. —Su sonrisa me tranquilizaba—. ¡Tengo ochenta años! ¿Cómo no voy a olvidar cada dos por tres el pastillero o saber si me he duchado? —Se encogía de hombros con destreza infantil—. A esta edad siempre encuentran algo que vigilar.
—Entonces ¿qué está pasando?
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual.
—No quiero sentirme un estorbo. Creo que a estas alturas de la vida merezco tomar mis propias decisiones.
—Solo respóndeme a esto, papá. Lo que tú me digas quedará entre nosotros. ¿Tienes Alzheimer?
—No.
Me quedé entre el alivio y la inquietud. Era difícil encajar que alguien que odiaba depender de los demás eligiera parecer vulnerable. Fingir una enfermedad era algo más que una travesura de anciano despistado. Era una estrategia. Y mi padre nunca hacía nada sin cálculo.