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The imitation game – Cine

17 enero, 2015Salvador_Navarro

No hace mucho leí un reportaje sobre cómo una empresaria americana ideaba la posibilidad de su inmortalidad a partir de la construcción de un clon suyo de inteligencia artificial que pudiese, durante el tiempo que le queda de vida, adquirir de tal forma sus modos, reflexiones, manías y, ése sería su objetivo, sus emociones, que perdurase por siempre entre los humanos. Fue un artículo que me impactó, algo en lo que siempre he pensado como base para un relato, aunque en mi imaginación apareciese el cerebro de la persona a inmortalizar, bien regado de nutrientes y en continua regeneración, metido en una incubadora y conectado a una pantalla de ordenador que simulase el rostro del casi difunto.

Hay una escena de ‘The imitation game’ que me trajo a esta empresaria de nuevo: Alan Turing está siendo interrogado por un policía que le acusa de prácticas depravadas, ¡por ser homosexual!, y le pregunta acerca de si él cree que se llegará a construir la máquina que consiga pensar de forma artificial.

Hablamos de los años 40, tras la Segunda Guerra Mundial, y de Alan Turing, un matemático británico que contribuyó a acortar la agonía de esa tragedia inventando una máquina que conseguía descodificar los mensajes cifrados que los nazis alemanes se enviaban a lo largo de todo el planeta con un código al que era aparentemente imposible acceder.

Fue Mariángeles quien me llevó a la sala del cine Cervantes. Su emoción al hablarme de la película nos sacó de casa esa misma noche para enfrentarnos a una historia de la que yo tenía informaciones sesgadas y difusas.

Por un lado recordaba haber oído hablar de la máquina de Turing como precursora del actual ordenador; por otro recordaba, más bien recordé durante la sesión de cine, la medalla que la reina Isabel II le concedió a título póstumo medio siglo después.

Esta película sirve para enlazarlo todo en una atmósfera opresiva y esperanzadora, construida con la habilidad con la que suele hacerlo el cine británico de época, planteándonos cómo de rápido ha pasado el tiempo y lo lejano que quedan períodos negros en que la mujer era una medio persona, incapaz de decidir por sí misma ni ser considerada como elemento útil para la sociedad salvo que para procrear; en que ser homosexual no era sólo mal visto, sino un delito con pena de prisión.

Alan Turing, sus cenizas, tuvieron que esperar medio siglo para ser reconocido por su país. Tan sólo por el hecho de tener una sexualidad diferente. Una Inglaterra que le había ofrecido sólo dos alternativas tras su proeza: Prisión o castración química.

Hay varios momentos de indescriptible emoción en la cinta, exquisitamente interpretados por Benedict Cumberbatch y Keira Knightley: La primera cuando ella, con la que se ha casado para posibilitar que continúe a su lado durante la investigación, le dice que lo quiere sin saber de su homosexualidad; la segunda, cuando vuelve a por él y encuentra, hundido en la incomprensión, al genio que fue .

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