Leo

22 octubre, 2015Salvador_Navarro

Leo se tapa con la toalla su cicatriz siempre que se baña con su hija Lola, con la que le gusta bailar dando botes cuando cocina al mediodía mientras ella le prepara con devoción un vermú con una aceituna que siempre acaba robándole. Le gusta sentarse en el hueco que deja su niña ya dormida y, hay veces, en que la confunde con su prima Amelia, junto a la que durmió durante toda la infancia que puede recordar tras ser adoptado por su tío una aciaga noche de verano en que un tractor sin luces en medio de una carretera se llevó para siempre a sus padres y la salud de su hermano Tomás.
Sí, ese accidente se repetía desde siempre en pesadillas en las que siempre terminaba abrazado, sudando, por los brazos de Carmela.
Veía dormir a Lola y echaba la vista atrás, a los tiempos del gran columpio rojo del campo de su tío Gerardo y esa visión lejana de Sevilla en los amaneceres fríos de invierno.
Su aspecto aliñado, una expresión ligada a la sonrisa y la curiosidad por vivir le llevaron a una juventud feliz, atrapado entre mujeres que lo llevaron entre algodones hacia una madurez imprevista al lado de Carmela.
Sólo Carmela sabía que tras ese arquitecto triunfador, bailongo y sensible se encontraba un niño aún sin enterrar asustado cada noche por no querer volver a sentir la enorme suerte de haber salido despedido de un coche que se trituró una noche de verano.

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