Patría

16 enero, 2015Salvador_Navarro

Hay un restaurante al que me unen los buenos recuerdos, como tantos otros, que me resultaría imposible encontrar a la primera.

Escondido entre las colinas de una pedanía de Vejer, un joven matrimonio danés lo montó hace unos años tras comprar una casa de campo que remodelaron para convertirla en un rincón calentito en pleno invierno, resguardado del levante, con grandes cristaleras, cuando sopla fuerte, desde el que se puede otear el Atlántico, y Conil, como si nadie más en el mundo existiera.

Llegamos el pasado sábado tras varios intentos, se ve que la familia vuelve a Copenhague por navidad, y nos adentramos por las carreteras secundarias en plena noche hasta dar con él. Iba conduciendo tan relajado y en mi mundo, siguiendo las instrucciones de Fran, que cuando apareció un perro gordote por mitad de la calzada, entre la niebla, creí ver un pato caminando por ese paisaje idílico.

-¡Baja de la nube, Borete!

La carta del restaurante es escasísima, pero deliciosa. La dueña, rubia, alta y estilosa, con un español más que aceptable y sonrisa perenne, y auténtica, nos atendió como siempre, con dulzura. Terminamos con unos quesos y un vino de Ronda recreándonos en la delicia de los lugares mágicos.

Ya de vuelta, de copiloto obligado por el alcohol, la niebla se había hecho aún más intensa. Yo recordaba mi primer viaje a Dinamarca e imaginaba sus vientos racheados de duro invierno cuando, de golpe, se nos cruzó un galgo.

-Mira, Borete, ¡un cisne!

 

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