Si hay una palabra que define esta obra, a mi parecer, es la de desazonadora.
En una apacible familia inglesa, modélica, humilde, van naciendo los sucesivos hijos de Harriet y David. Hasta cuatro. La familia lo considera excesivo, incluso hay un halo de reproche a haber organizado una familia tan numerosa en plenos años setenta.
Pero llega el quinto hijo, Ben. Un monstruo sin trazas de monstruo, un engendro que asusta a sus hermanos y va destrozando las rutinas familiares.
Defendido en última instancia solo por su madre, el matrimonio decide ingresarlo en un centro para 'seres imposibles', hasta que llega el arrepentimiento de Harriet, que mueve todo lo imposible por recuperarlo.
¿Metáfora de lo imprevisible de la vida?
Es, para mí, una reflexión sobre lo azaroso del devenir del hombre y lo erróneo de hacer previsiones sobre futuros modélicos, porque la vida es más fuerte que todo.

