Zoo – Nunca sabrás quién fui

28 abril, 2020Salvador_Navarro

En Eleanor tuvo Dan a su mejor cómplice desde que se bajó del avión en el que lo montó su padre tras ser amenazado de muerte en el instituto por segunda vez. Su tía entendió nada más abrazarlo que ese chaval estaba constituido de otra materia menos irredenta que la de su hermanastra Patricia. Además, a fin de cuentas, Dan sí era sangre de su sangre, en su sonrisa encontraba los mofletes de Martin, la fragilidad de sus explicaciones la divertían; Dan era un ángel que no merecía las dudas con que sus padres adornaban el relato de chico conflictivo. El día soleado en que Eleanor recogió a Dan en el JFK, Patricia estaba con su amiga Dolores en Pensilvania, lo que le vino de perlas al haberse pedido el día libre en el trabajo para estar con él.

⎯¡No podía imaginar lo guapo que estás, querido Dan!

Le entregó, mientras metía las maletas en el coche, los billetes para el zoo del Bronx.

⎯Tu padre me ha explicado cómo te gustan los animales.

Dan no habló hasta exclamar su admiración al encarrilar el puente Queensboro.

⎯¡Qué pasada!

Con el tiempo Dan se plantearía qué habría sido de su vida de haber tenido a Eleanor cuidando de él desde pequeñito. Ella no se reconocía a sí misma, así, tan impresionable con su sobrino asomado a la ventana abierta de su BMW. Desde que pisaron Manhattan, no veía el momento de parar y mostrarle Park Avenue, el edificio de la ONU, Central Park, el rascacielos de la Panam.

⎯Aquí empieza Harlem, Dan. ¿Has oído hablar de este barrio?

⎯¿El de los negros?

⎯Y de los hispanos, y de muchos estudiantes que encuentran aquí pisos más baratos ⎯giró para tomar la 110 y rodear por el norte Central Park⎯. Mira, aquí trabaja tu tía, en Harlem.

Dan la miró por primera vez de forma directa, sin decir palabra. Siguió conduciendo por el Boulevard Malcolm X, incómoda de sentir la mirada escrutadora, silenciosa, de su sobrino. No quería ni tragar saliva para no denotar su tensión.

⎯Pero, ¿qué me miras?

⎯No te pareces a papá.

⎯¡Pues somos mellizos!

⎯Eso me dice él ⎯confirmó Dan.

⎯Pero es la verdad, muchacho. ¡No te vamos a mentir sobre eso!

⎯En las fotos sí te pareces, pero será que papá ha roto las fotos en que apareces como ahora, con esa nariz ⎯no había ironía en las palabras de Dan.

⎯¡¿Qué le pasa a mi nariz?!

⎯Es la de una persona interesante.

Eleanor resopló, con una carcajada.

Para sus 17 años, Dan ya había atravesado todas las tormentas posibles. La pérdida de Quini y el exilio voluntario de Patricia lo colocaron en una situación de vulnerabilidad tal, que ni una Aurora estricta ni un Martin entregado recondujeron hacia tierra firme a quien sólo quería escapar de no sabía dónde. El billete sin retorno a Manhattan implicaba una ácida derrota para unos padres que comenzaron a ver en él, sin decírselo, la causa de sus desavenencias.

La tarea para ella era tan delicada como motivadora; su hermano Martin llevaba tiempo insinuando la posibilidad de que Dan se uniera a Patricia en la aventura neoyorquina. Eleanor, calvinista, contenida, educada en principios sólidos, mantenía una postura neutra para no delatar sus ansias por tener llena la mesa de desayunos con gente joven. Como toda persona serena y segura, Eleanor se sentía más que capacitada para reorientar los andares confusos de la adolescencia de Dan, pese a las palizas, expulsiones y conflictos relatados con sordina por su hermano desde Sevilla en los últimos años.

Le buscó un instituto cercano a casa para que los meses no fuesen perdidos, con horarios marcados, donde tuviese que trabajar sus habilidades sociales, tan frágiles según Martin, para integrarse en una ciudad donde ser anónimo era sencillo, pese a ser experta en devorarlo todo. Eleanor integraba en su disciplina cartesiana el dejarlo volar pese al sufrimiento que supondría lanzarlo cada día a la jungla.

⎯Ya tienes preparada tu habitación, Dan ⎯le comentaba, mientras paseaban por un zoológico reluciente de sol.

⎯¿Has visto el baile de ese elefante? Siempre se mueve igual, y levanta la pata igual. ¡Mira cómo lo mira el otro!

Atravesaron hacia la zona de los leones, donde durante media hora estuvo apoyado en tanto les lanzaban grandes trozos de carne roja. Llegaron a los jardines de las aves tropicales, y allí Dan se quedó prendado de una cacatúa verde que no hacía más que meter una cáscara de fruta en un agujero, para luego sacarla.

⎯Ésta también se está volviendo loca, tía Eleanor.

Quería a toda costa ver los orangutanes, no mostraba cansancio ni preguntaba nada acerca de su nueva vida.

⎯¿No tienes hambre, Dan? Debes estar muerto tras el viaje…

⎯No.

Pasaron por un camino lleno de canguros, se asomaron a un canal donde nadaban nutrias, contemplaron largo tiempo el recinto de las jirafas y terminaron en el estanque de los cocodrilos. Se impresionó cuando salió el mayor de ellos, con la boca, inmensa, a dos palmos, abierta.

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