Monte Sinaí – Nunca sabrás quién fui

28 abril, 2020Salvador_Navarro

Eleanor solía llegar tarde a casa, cuando Patricia, tras salir a correr por el parque Tompkins, ya había tomado su café por Mercer Street, con los apuntes de filología norteamericana, y disfrutaba preparándole la cena, para luego invitarle a un vino blanco muy frío y así escuchar de su tía acerca de los avances en sus investigaciones.

—Hoy hemos dado dos pasos hacia atrás por un despiste.

Patricia le preguntaba por el despiste y Eleanor le aclaraba, moviendo vasos, servilletas y cubiertos, la disposición de sus indagaciones, mientras un gran diccionario de páginas amarillas servía para traducir genomas mitocondriales, ácidos nucleicos o plasmas somáticos.

Suele acontecer, y Patricia no escapaba a ello, que convivir junto a gente tan brillante empequeñece la propia vida hasta el punto de plantearte qué poco has luchado por darle un sentido. Ocurría, sin embargo, que la humanidad debilitada de Eleanor frente al vino blanco de cada noche la fragilizaba en su envidiada soledad de mujer triunfadora.

—Daría media vida por escapar de esta rutina previsible. Desde que mi marido me dejó solo veo los días que me quedan para jubilarme.

—¡Pero si te veo disfrutar con tu trabajo como una cría!

—Mientras estoy en el trabajo soy feliz, Patricia. Tal vez por eso pase en el hospital tantas horas, pero cuando salgo de allí, cuando doy vueltas en la cama, solo pienso en por qué no habré hechos más amigos y en lo lento que es el proceso de investigación contra el maldito cáncer. Es probable que me jubile sin haber aportado nada significativo a la ciencia.

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