Mercenario – Nunca sabrás quién fui

22 mayo, 2020Salvador_Navarro

Arrumbado frente a la pantalla, con una lata de cerveza a medio terminar y ganas de salir corriendo, el recuerdo de las piedras del Umia como paraíso hipnótico, las risas de mi hermana Olaia al grito de ¡gamberro!, los olores sólo recuperables por instantes de la madera de la escalera podrida del hostal, con el alma contaminada de estupor, recibí una llamada de Charo.

—No es que me apetezca, guapa, es que necesito ese café contigo.

Me esperaba con un cigarro a las puertas del café Central, con su piel ajada y los ojos vivarachos. Olía a vida intensa de perfume de tabaco. Le supliqué que terminara su pitillo con tranquilidad, a pesar de haber salido de casa sin imaginar el frío de la tarde.

—¿Puedo decirte que tienes la cara desencajada, Alejandro?

Me gustaba que me llamase así, de la forma que sólo lo hacía una madre inexistente.

—No son buenos momentos, Charo.

Ella meneó el café como sólo saben hacerlo quienes escuchan sin condiciones y te dan el silencio preciso para dejarte ordenar lo que realmente apetece compartir.

—Estoy metido en un lío que no puedo contar a nadie.

—Pues si no se lo puedes contar a nadie no tengo forma de ayudarte.

—Imagino que eres una persona que no se asusta por nada —tanteé.

—Sobre todo por cosas tan poco transcendentales como las que te oprimen por dentro, Alejandro. A veces nos creemos el centro del universo, que todos nos miran… Pero nadie se preocupa tanto por ti como tú mismo. Yo no te conozco más que de un paseo tras una exposición, y he querido llamarte porque me he acordado de ti estos días, quería saber cómo te hacías a esta ciudad, qué tal iban tus artículos sociales…

—Estoy trabajando como un mercenario aquí en Sevilla, Charo —me tembló la voz al decirlo, pero sentí que los pulmones se me abrían al mismo tiempo.

—Vas a hacer que tenga que salir a fumarme otro cigarro con frases así… —nos reímos—. ¿No serás un yihadista a sueldo?

—¿Tengo yo pinta de terrorista?

—Espero que no, Alejandro. Nunca me tomé un café con ninguno.

—A ver, Charo… yo trabajaba en una revista digital de ultraizquierda en Madrid. Me pagaban un fijo de miseria por artículo escrito y por los clics que recibía cada uno de ellos. Tenía mis novietas, estaba hecho al barrio, no tenía lejos mi tierra…

—Te escucho…

—Apareció una mujer cuarentona indignada por un artículo mío a favor de Hugo Chávez, un encargo más en la línea editorial de la revista. Se metió en la redacción a voz en grito. Nos llevamos un buen susto, estaba reciente lo del Charlie Hebdo… Iba nombrando mi nombre de guerra: ¡Carmelo! Todos me miraron por instinto y esta mujer se vino hacia mí. Una preciosidad, debo reconocerlo. —Charo sonreía con mi forma de relatar el asalto—. Me preguntó si yo había visitado alguna vez su país para permitirme ese tipo de alegatos a favor de Chávez.

—¿Era venezolana?

—Sí. Lola es venezolana, y está hoy aquí en Sevilla. Ceno con ella en un rato.

Nombrarla supuso poner nombre al demonio y expulsarlo, lo que deceleró mi narración para no involucrar a Dan ni especificar las amenazas de unas horas antes de Lola. No sabía por entonces hasta dónde llegaban los lazos de Charo con Patricia y su familia.

 

(pintura de Ryan Hewett)

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