Mahler – Nunca sabrás quién fui

28 abril, 2020Salvador_Navarro

El Adagietto de Mahler me vendría bien para pensar y escribir mis últimos días. Le di volumen al equipo y me puse la primera cafetera antes de sentarme frente a mi ordenador.

Silvia se hacía presente en mis tiempos muertos; aun así la luz ganaba, porque tomaba forma como nunca mi alma creativa, que me alejaba cada vez más de mi realidad sevillana de incertidumbres para centrarme en la reconstrucción ficticia del pasado de unos personajes que se difuminaban para componerles las existencias que se me antojaban hasta convertirlos en mi producto. Pese al despliegue de mis cartulinas invadiendo el corcho, de los textos escritos en un desorden consciente, felicidad de puro creador, mi cuerpo necesitaba reconciliarse con la cardióloga, traerla a casa; quería escuchar de nuevo sus reproches para reconvertirlos en algo positivo con que conjurar la infección que produciría no supurar la herida de su decepción conmigo. Su ataque de carácter poniéndome en mi sitio, una vez procesado entre los vanos de las horas siguientes, había provocado el efecto lógico, estúpido, de hincharse mi atracción hacia ella por la parte de mí que más cuenta a la hora de enamorarse: las ganas de ser protegido, el ansia por encontrar a la madre que se preocupa por mí, morbosa realidad de niño herido por el abandono que no cree en la mujer, porque todas comparten la traición de una madre mala.

La información comenzaba a ser intensa; mi memoria era privilegiada. Sin embargo tenía que dar forma a la estructura de la historia. Era cierto que echaba de menos la presencia de Dan. No sé hasta qué punto conseguí en algún momento su amistad, sí sé en cambio que añoraba su compañía, la presencia silenciosa, sus hechuras de hombre bueno. Esa melancolía seguía siendo soportable a base de muchos kilómetros corriendo junto al río, paseos por las iglesias de Sevilla, tapeos anotados en mi libreta con estrellas de valoración y mucha lectura. Devoraba en esas tardes largas encerrado en casa La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker. Su novela dentro de la novela, los saltos en el tiempo, los ritmos, el cierre de los capítulos, la estructura en sí me daba mil ideas para continuar con mi relato. Haber retomado el corcho grande, las cartulinas de colores y un puñado de chinchetas comprado en un chino me resultaba imprescindible para no perderme. Había ido desplegando todas las escenas previsibles para así constatar la tarea por hacer. Para facilitar la tarea, además de que cada personaje tenía asociado un color, los golpes de efecto, que presentía fuertes, los había marcado en rojo; coloqué líneas temporales para ir saltando entre épocas pasadas y la actual, así como trazos donde situar las localizaciones. Se confirmaban al menos cinco: mi tierra gallega, Madrid, Nueva York, Colombia y esta ciudad donde escribía. Me planté, con una cerveza bien helada, delante de todo lo conocido hasta entonces y decidí, sin darme tiempo a pensarlo, que sería Charo quien podría abrirme puertas. Había que tomar riesgos.

Mahler era mágico para organizar la mente.

La llamé.

—¿Y esas prisas por verme? —Me dio dos besos largos, sin resuello.

—Pasa…

Yo sonreí; noté que me miraba raro.

—¿Estás bien?

Asentí, con la cafetera en la mano. Vio, tras la mesa, el corcho de mi novela.

—¿Puedo?

Sentí un cosquilleo especial al oírla colocar el corcho sobre la mesa del comedor.

—Así que yo soy el color verde aceituna…

—Sí.

—¿Y este naranja?

—Eleanor, la tía neoyorquina de Dan —afirmé, rotundo—. Alguien muy especial.

—Patricia la adora —Charo comenzaba a abrir el dique.

—La cuidó como si fuera su hija, cuando le dio por escapar de Sevilla —provoqué.

Charo sopló su café y metió sus ojos en él.

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