Gestalt – Nunca sabrás quién fui

28 abril, 2020Salvador_Navarro

Los tres primeros meses en Madrid, como era irremediable, se fueron para siempre. La búsqueda de un asidero a la ciudad se convirtió en prioritaria y la ausencia de Patricia se hizo enfermiza en su interior. Su orgullo le impedía hacer partícipe a nadie de sus ansiedades, aunque no supo rechazar la cita que una conocida le preparó con el que fuese su psicoterapeuta.

—Aunque sea por fantasear con él en cada sesión, querida. Es un portento en todos los sentidos.

Cierto era que las sesiones fueron explosivas, lejos de toda norma Gestalt, tanto como que le fueron útiles para poner nombre a sus neurosis traídas desde mucho tiempo atrás de Nueva York. Él la provocaba, colocándole sillas delante donde pudiera gritarle a su madre la vergüenza que le producía su frivolidad:

—¡Estás vacía y seca por dentro!

Donde acusar a su padre de haberle cargado con demasiadas ilusiones propias:

—Yo no puedo vivir tu vida, papá.

O la hacía desnudarse frente a él y aguantar durante una hora entera para sudar la sexualidad de su cuerpo con un espectador pasivo que miraba hacia la pared de enfrente.

—¿Qué me ofreces si no quiero tu cuerpo? —La desafiaba, como amante inalcanzable—. ¿Qué tienes tú si yo rechazo tu dinero?

Ella se reía de él con risas congeladas. Quería tirárselo y no podía, a pesar de que él le dijese a la cara que era una mujer preciosa, guarra y descarada, como a él le gustaban. Quiso cortar en un par de ocasiones, con idea de convertir esas terapias en una relación sana de amistad.

—Contigo no tendría yo nada sano, Dolores. Si cortamos estas sesiones no vas a volver a verme.

Ella se removía entera y volvía al jueves siguiente, para ir contándole a cuentagotas, cercenando emociones, por qué se decidió a tomar un vuelo en el JFK, solo de ida, a Madrid.

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