Eleanor – Nunca sabrás quién fui

2 abril, 2020Salvador_Navarro

Patricia convenció a su tía Eleanor para organizar una excursión a Washington uno de los fines de semana más fríos del año.

—Siempre me ha maravillado esa ciudad, Patricia —le confesó.

Allí había estudiado un par de años, donde estuvo haciendo prácticas en un reconocido hospital oncológico antes de terminar sus estudios en Boston. Fue la primera vez que pasaba una temporada larga en libertad, lejos de la familia. Meses tan sexuales como enamoradizos en que desde la ventanilla del autobús que le acercaba al complejo médico solo veía belleza y vida, a pesar del frío de la ciudad, de sus calles rectilíneas, aun sin conocer a nadie cercano. El mundo le abría sus puertas de par en par a Eleanor, que se regocijaba con la visión de un paisaje tan hermoso como lo era su futuro sin explorar. Cada operación quirúrgica en la que participaba era vida, cada café que compartía con un compañero era un salto al precipicio del descubrimiento del otro, cada roce de un amante en sus piernas finas, en sus pies helados, era suficiente para volar tan alto que perdía el paso.

Descubrió, sin embargo, que ese éxtasis era finito, que enamorarse tan fuerte no era sano, golpeada por la realidad de las cosas, las llamadas no respondidas que la dejaban clavada durante días a la silla de su habitación, las miradas esquivas ante su canto al mañana que ella no quería disimular. Washington era para Eleanor el lado oscuro del paraíso, aquel con el que soñaba despierta desde su gran despacho del Monte Sinaí, mientras cerrando cada tarde los avances analíticos diarios se le iba la mirada hacia un Central Park que no era sino reflejo cruel del pequeño parque al que daba el estudio donde soñó, décadas atrás, que la vida era un regalo extraordinario imposible de soportar con cordura.

Tuvieron suerte con el tiempo. Eleanor se dejó hacer para no condicionar el largo fin de semana y evitar así visitar los lugares de siempre, donde tendría que mirar hacia todos lados buscando si cada árbol o farola se mantenían en su mismo sitio. Hicieron las visitas obligadas al Mausoleo o al Capitolio, entre cuyos pasillos Patricia escuchaba, con todos sus sentidos, pasajes resumidos con cirugía científica de la historia americana narrados por su tía, entremezclados con anécdotas ingenuas que delataban dos aspectos de su pasado.
Que allí fue una mujer feliz y que el futuro no estuvo a su altura.

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