El jinete polaco – Nunca sabrás quién fui

24 abril, 2020Salvador_Navarro
Era ese chaval de pelos rojos rizados y piel albina pecosa la criatura más inocente que había conocido Dolores en toda una intensa adolescencia plagada de códigos confusos. Era un juguete en sus manos, sexual, afectuoso, influenciable, sano, que pudo ser para ella lo que hubiese querido moldear si Dolores hubiese sido impresionable por la dulzura.
 
Mil veces, sin embargo, utilizaría a ese Ralph ahogado en su pasado más inaccesible como imagen dolorosa de todo lo que ella no supo ser; muy a pesar de las tardes eternas frente a las composiciones animales del Museo de Historia Natural que Ralph observaba embelesado con sus grandes manos secas agarrando sus manillas morenas llenas de anillos que se le clavaban dolorosamente con la presión inocente de un chaval ávido por compartir su particular Manhattan. Le repetía, memorizadas, explicaciones acerca de la construcción por Rockefeller de la iglesia de Riverside, en cuya capilla gustaban meterse tras los arrumacos junto al memorial; le explicaba, a ella y con el mundo paralizado, la penitencia que para Henry Clay Frick, un industrial del carbón sin escrúpulos, supuso la colección de arte que regaló al pueblo de Nueva York en su gran casa de la Quinta Avenida, mientras los anillos de Dolores se clavaban de nuevo ante la contemplación del jinete polaco de Rembrandt.
 
Dolores, en las tardes de brisa de su apartamento madrileño, se apretaba las manos, medio adormilada, como método inconsciente para provocar esos picos de dicha interior que suponía recordar la mano del grandullón Ralph en la suya.
 
¿Dónde viviría ahora? ¿A quién apretarían sus manos?

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