Cacerolas – Nunca sabrás quién fui

3 mayo, 2020Salvador_Navarro

La chimenea me había llevado al hostal de Cambados y este a mi madre, dolorosa figura presente y esquiva.

La relación que yo tuve con ella dejó de ser feliz en un instante y para siempre. Las malas juntiñas me llevaron un día a tomar un autobús equivocado hacia Ponte Arnelas. Fue esperando el autobús de vuelta, aterido de frío por una lluvia inesperada, mi falta de ropa y un anochecer poco menos que gélido, cuando un cochazo negro de cristales tintados dejó a mi madre, a escasos cincuenta metros de donde yo me encontraba, vestida de negro y tacones, con el pelo alborotado y borracha. Me escondí entre los coches, avergonzado, y esperé a que el autobús hacia Cambados se la llevase. Esa noche llegué a casa congelado, tras conseguir que unos chavales tuvieran a bien acercarme hasta las afueras de mi pueblo. Entré, como tantas otras veces, por la ventana trasera de la casa. Me duché con agua ardiendo y me enfundé unos vaqueros antes de acercarme a la cocina, donde oía al ruido metálico de cacerolas propio de las cenas de mi madre. Ya no había pelos alborotados, ni tacones; solo nada menos que su mirada demoledora.

—¿Has cenado, cariño?

Moví la cabeza para decir que no de tal forma que ella comprendió todo. Abrió la nevera, tomó una cerveza y se subió para su habitación.

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