Bogotá – Nunca sabrás quién fui

22 mayo, 2020Salvador_Navarro

Los estudios en Bogotá acabaron con la prisa con la que transcurren los sueños que se temen perder. Había sido tanta su obsesión por aprovechar el tiempo, con tan poco margen para el descanso reflexivo de sus pequeñas victorias, que en el futuro a Germán esos años universitarios se le aparecerían como una película en blanco y negro a cámara rápida; un revoltijo de emociones desorbitado que no distinguía un año del otro, las caras se le hacían borrosas, confuso para retener nombres al mezclarse los oficios en los que trabajó, las conferencias que organizó, las notas de prensa culturales que aprendió a redactar para El Espectador, los miles de turistas a los que guió por el cerro de Monserrate, las prácticas como pinche en La Puerta Falsa, sus noches de guardia en el café el Automático para recibir a autores que venían de toda América a disertar sobre sus publicaciones.

Enamoradizo y poco constante, Germán tardó en perder la virginidad. No lo hizo hasta el segundo curso de la Facultad, cuando una profesora costarricense, joven recién llegada a Colombia con la familia, se apoyó en él y sus enormes ganas de aprender para descubrir la ciudad. De piel sin vello y pelo negro, su cuerpo era una joya que daba miedo tocar, de tan inasequible para sus expectativas. Ella se entregó a Germán como si no hubiera otro objetivo en su vida, y lo cazó por completo. Tanto así que cuando terminó su contrato de tres meses y se instaló en Cartagena, Germán creyó morir. Había comenzado tan alto, siempre pensó, que ya no existiría mujer en el mundo que lo pervirtiera. Todas eran mamitas medio analfabetas con miras cortas y sexo húmedo, inhabilitadas para seducirlo.

La trampa fue Liliana. Cuando se acababan los argumentos para permanecer en la capital, a pocos meses de terminar el curso, su madre lo llamó para decirle que la pequeña de los Castro no terminaba de adaptarse a sus estudios de Derecho en la ciudad. Los Castro. Si algo había que debían respetar era a los Castro, pudientes justicieros de Antioquia. Familia bien, criolla, sutilmente corrupta, enlace perfecto de los Moldova con el mundo oficial de los gobernantes de la región, la pequeña Liliana era la joya de una familia en la que la segunda generación no hizo nada por seguir la traza de los padres, respetables representantes de la alta sociedad de Medellín.

—Haz por verla, ella siempre te hizo mucha fiesta cuando era pequeña. ¡Aún te nombra!

Haciendo de tripas corazón, Germán se plantó en la casa que los Castro tenían en Carrera 17, bien peinado y con los pantalones negros de las grandes ocasiones. La niña se había convertido en una muñeca de exposición, fina, blanca de piel y los mismos ojos enormes, penetrantes, de entonces. Le recibió la madre, encantadora en su papel de anfitriona que sabía que recibía al pequeño de los más poderosos camorristas de Colombia; pero el sano, el rebelde, el intelectual. La conjunción perfecta entre ética y fortuna.

Germán ejerció de tutor con la esperanza de que le sirviera de anclaje para permanecer en la ciudad, sin saber que la fría dependencia de Liliana respecto de él se iba a convertir en un no poder vivir sin ella. Curiosa, gamberra, provocadora, la niña de los Castro sacaba el lado más tierno de Germán, y al mismo tiempo el más perverso, impulsado por el morbo que le producía estar actuando como nadie quería imaginar y todos anhelaban. Empezó a ejercer como novio en Carrera 17 mucho antes de serlo, sin apenas haberse dado un beso ni rozado los brazos al andar. Las conversaciones telefónicas con su madre, su indisimulado tono de alegría al otro lado, demostraban que las dos familias estaban más que compinchadas para que los pequeños de cada casa asegurasen el enlace perfecto entre ambas, sedientas una de plata, la otra de legitimidad. Eulogio le encontró un trabajo limpio en el Banco de Comercio, como financiero, mientras la niña terminaba los estudios de abogacía.

Liliana se mostró como una mujer amante de su marido desde ya antes de la gran boda en la catedral de Medellín, que tanto diera que hablar en la prensa colombiana. Le dejaba sus espacios bien abiertos a su Germán para que pudiera moverse en un ambiente que poco tenía que ver con los de los círculos económicos de poder de la capital, tan fácil de frecuentar de haberlo querido, porque desde un primer momento supo que su marido era un ser especial, bueno como un perro huido de una camada de lobos, con heridas sin sanar, desde la infancia, de mordiscos por todo el cuerpo. Sí tuvo claro ella que los estudios de Derecho no le interesaban lo más mínimo, por lo que una vez hecha la foto que sus padres esperaban con el título en las manos, comenzó a diseñar una vida futura como señora de Moldova. Adoraba Bogotá. Por razones bien distintas a las de su marido, pero con una base similar, escapar de la vida previsible, ser libre, tener ilusiones propias de una mujer joven con ganas de sentirse hermosa, vestir bien e integrarse en una sociedad cosmopolita. Querría llevar un negocio, pero a su manera, sin prisas y por el simple hecho de ocupar el tiempo de forma elegante. La economía doméstica, a la que daba toda la importancia para mantener el estatus, corría a cargo de su marido, al que cuidaba como a un niño el poco tiempo que lo tenía en casa. Lo bañaba, vestía y perfumaba cada noche; ávida a diario de salir a cenar con los escasos amigos que Germán aportaba. Liliana sabía picar entre ellos, sobre todo sus mujeres, para irse abriendo a la metrópolis. Acaparaba conversaciones con su carcajada sonora de mujer bien hablada y belleza serena.

Era un matrimonio de foto perfecta que vivía en planetas diferentes.

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