Agenda – Nunca sabrás quién fui

15 abril, 2020Salvador_Navarro
Ya al día siguiente, sin contrato firmado ni reglas establecidas, Charo compró dos agendas, la suya y la de Patricia. La iniciativa debía ser toda suya y así canalizar el torrente de proyectos desordenados de su jefa para garantizar la rentabilidad de su negocio. Tenían un buen sustento, una colección de obras del siglo XX tejida con buenos mimbres que daba combinaciones temáticas suficientes para varias exposiciones dignas. Bloqueó una hora diaria para trabajar con ella, sin distracciones, móviles o ventanales de café que las desviasen de la charla pausada con un papel por delante para entender cuáles eran los objetivos.
 
—Nada es sagrado, Charo —afirmó contundente, el primer día, Patricia—. Todos los cuadros tienen su precio. Busco generar dinero de forma honesta.
 
—¿No hay ningún cuadro del que no te desprenderías?
 
—Ninguno que esté consignado en el archivo. Lo que yo quería para mí, ya lo tengo.
 
No invitó en ningún momento a Charo a su piso de Madrid para poder juzgar la elección de sus preferencias, seguramente en un intento de marcar distancias para no olvidar quién llevaría la batuta mientras su relación se rigiera por un contrato; algo, por otro lado, que Charo apreciaba en cuanto a la libertad que le ofrecía para criticar con severidad o alabar sin adulación sus decisiones, coherentes en su mayoría, pese a su falta de experiencia en el negocio.
 
—Yo siempre he sido una profesora de lengua, Charo.
 
Charo preguntaba qué quería ser, no cómo había llegado a ello. Eso tenía que salir de una Patricia hermética con su pasado.
 
***
 
Tardaron casi un año en instalarse definitivamente en Sevilla, tiempo que a Charo le sirvió para valorar su relación con una ciudad de la que necesitaba descansar. Los fines de semana los aprovechaba para saltar de Madrid a Donosti, imponiéndose un retiro calculado para depurar las heridas que suponían pasearse por las calles empedradas de la Alfalfa. Alquiló su piso a un par de profesoras de Jaén con todos sus muebles, libros y recuerdos sin tocar. Si iba a negociar locales a Sevilla, dormía en el hostal Alameda, evitando dar señales a sus amistades de su presencia por rehuir preguntas ni lamentos. Cuando la vieran de nuevo debía ser sin las alas rotas.
 
En uno de esos viajes, Patricia le pidió el favor de acercarse a casa de su madre para entregarle una colección comprada en el Rastro de libros en inglés, de Jack London, uno de sus autores favoritos.
 
—Quiero que la conozcas y me digas.
 
El día que apareció en su casa ya Charo sabía que Aurora tenía problemas mentales de pésimo diagnóstico, pero se encontró a una mujer encantadora, solícita, que la trató con el cariño propio de quien se siente familia. Lo que se planeó como un café formal acabó siendo una tarde deliciosa en la que Aurora le confesó con lucidez que estaba condenada a perder la cabeza.
 
—El problema, querida Charo, es que tengo huecos en mi memoria que me hacen dudar hasta a mí misma de lo que es real o no, de lo que he dicho o no, de modo que cuando salgas de aquí te costará distinguir qué es cierto o inventado. Un buen argumento para una novela cómica, ¿verdad?
 
—Admiro tu entereza, Aurora, para asumirlo con tanta dignidad.
 
—Es duro, Charo. —Sus manos, inquietas y a otro ritmo, contradecían la serenidad de sus labios—. Tengo fantasmas en la cabeza sobre lo que he hecho con mi vida y no sé hasta qué punto he sido una mujer mala o buena.
 
—Por lo que yo sé, Aurora, usted ha sido una mujer luchadora, que escapó de la vida previsible de Marchena para estudiar en la universidad, criar a sus hijos, ayudar a su marido a levantar un negocio…
 
—¿Y me puede decir si a mi marido lo maté?
 
Charo quedó totalmente bloqueada ante la pregunta, mientras sonaban las llaves de Martin abriendo la puerta de la entrada. Aurora se tapó la cara, casi arañándose.
 
—Martin te dirá que no, porque me cuida como a una princesa.

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