Rostam

20 julio, 2020Salvador_Navarro
Al entrar en la mezquita principal del Gran Bazar de Teherán, Hamid quiso explicarme el sentido de una vieja fuente que aparecía nada más cruzar la majestuosa puerta de azulejos turquesas.

―Kerbala es una ciudad iraquí que es santa para los chiíes. Allí murió nuestro tercer mártir, torturado por el enemigo ―me contaba Hamid―. Al mártir lo mataron de deshidratación y los chiíes colocan una fuente en cada mezquita, a la que nunca puede faltarle el agua.

Entendí, ya en ese momento, que el enemigo era el suní.

Más que el cristiano o el judío, el enemigo siempre es el más cercano.

Ya dentro del templo, nos quitamos los zapatos y él tomó una especie de pastilla de jabón dura, marrón. Dudé si coger una… Yo me arrodillé junto a él, sobre la gran alfombra central, y los observé durante un largo rato orar con movimientos aprendidos de la infancia. Ya fuera le pregunté el sentido de esa pieza marrón, tras ver que chocaban su frente contra ella al inclinarse sobre la moqueta.

―Los chiíes, Salvador, no podemos tocar la alfombra sagrada con la cabeza.

Por si no me quedó claro, prosiguió:

―Los suníes sí la tocan.

Una vez en el museo islámico, mostró interés en llevarme a la sala de los manuscritos, preciosos libros amanuenses de colores, hasta dar con el libro buscado.

―Es del siglo XII ―comentó, se trataba de un mapa―. ¿Conoces el conflicto acerca del nombre del Golfo?

Lo preguntó con tal rotundidad que me avergonzó reconocer que no.

―Sí, ellos dicen que es el Golfo Arábigo ―los suníes―, pero aquí está bien claramente escrito ―en persa― que ése es el Golfo Pérsico ―asentí, entregado a la causa chiíta.

Fue entonces cuando nos acercamos a la vitrina con el original de uno de los más famosos cuentos persas, el del príncipe Rostam.

―¿Quieres que te lo cuente?

Moría por escucharlo.

―Rostam era un príncipe famoso por su fuerza y valor, ya mató un elefante de pequeño, con un solo movimiento de su espada…

Hamid me contó entonces que, cuando joven, Rostam el aventurero cruzó a caballo la frontera con territorio turco y se enamoró de la princesa enemiga, con quien tuvo un hijo, Sohrab. Con el tiempo volvió a territorio iraní, tras abandonar a su familia. Y entonces llegó la Guerra con el vecino del norte…

―Las fuerzas estaban tan igualadas ―me explicaba, apasionado, Hamid― que acabó interviniendo el propio Rostam, montado a caballo y con armadura. Frente al príncipe, sin poder imaginarlo, estaba su hijo…

Sohrab lo hirió primero, sin saber que era su padre, quien se repuso con dificultad. Entonces éste cargó contra el turco, con la sospecha ya rondándole de que pudiera ser su hijo.

―¡Lo malhirió! ―siguió Hamid―. Pidió, angustiado, que le quitaran la coraza. Se derrumbó al ver la cara de su hijo repudiado. Gritó ayuda a los suyos «¡¡¡Medicinas!!! ¡¡¡Traigan medicinas!!!

Pero Sohrab murió en brazos de su padre Rostam antes de que ninguna ayuda médica pudiera llegar.

―Hay un proverbio persa para lamentar las oportunidades perdidas ―concluía Hamid, ante un Salvador entregado a su narración frente al manuscrito de Rostam―. ¿Sabes qué se dice?

Negué con la cabeza.

―Las oportunidades perdidas son las medicinas de Sohrab.

(Manuscrito del cuento de Rostam)

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