Punto rojo

27 junio, 2020Salvador_Navarro

Hice la mili tan tarde y tan cerca de su supresión que todo me parecía ridículo.

Tenía 25 años, la carrera terminada y estaba rodeado de chavalitos adolescentes que me sacaban de mi abstracción universitaria, dándome de bruces con la verdadera realidad del país de esos años noventa.

Me lo tomé, en cualquier caso, con el mejor ánimo posible. No quedaba otra. Tuve la suerte de que me tocó Caballería y el cuartel estaba a un par de kilómetros de mi casa.

La instrucción fue terrible. Nos trataban como a ganado. Te levantaban a grito pelado a las siete de la mañana y pretendían que te vistieras en quince segundos, dejando la cama hecha. Luego a correr, algo que al menos se me daba bien, por caminos empedrados. Ahí era un crimen ser patoso, porque los sargentos chusqueros molían a insultos a los rezagados.

Una mañana, tras la carrera, decidieron hacer pruebas de camuflaje.

En medio de un descampado a las afueras de Sevilla, el sargento nos explicó con desgana en qué consistía esa técnica, con frases básicas.

―Desde que suene el silbato os doy treinta segundos para desaparecer de mi vista. ¡A quien yo divise me lo cargo!

Sonó el silbato.

Salí corriendo como un descosido con mis botas de cuero y el uniforme verde. Pero tardé cinco segundos en darme cuenta que era casi el único que se dirigía en esa dirección. Me quedaban veinticinco segundos para rectificar o buscarme la vida camuflándome en solitario.

Me encontré con una especie de basurero de cartones y allí me metí. Tenía a un recluta compañero que se tumbó con cara de terror entre la basura. Yo, con la respiración entrecortada, cogí una caja de cartón y me la coloqué encima.

Sonó el silbato.

―¡Gilipollas!

Gritaba el sargento mirando hacia nuestro escondite.

―¡Capullo!

Y parecía que se dirigía a mí.

―¡Ven para acá!

El sargento caminaba hacia nosotros y yo permanecía quieto. Me giré para ver al que tenía a mi lado y el sargento continuó:

―¡Ése que se mueve! ¡El del cartón!

Los nervios me hicieron recular un poco.

―¡Eres el ejemplo del perfecto imbécil al que se cargan primero!

Yo tragaba saliva hasta que me di cuenta que el perfecto imbécil era yo.

Mi caja de cartón era de detergentes ‘El punto rojo’. Su logotipo daba buena cuenta de la marca. Y eso es lo que había en medio del descampado: Un punto rojo moviéndose en el horizonte.

Afortunadamente, no nací en tiempos de guerra.

www.salvador-navarro.com

(Arte en papel obra de Fernando Daza)

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