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Invisible

29 agosto, 2019Salvador_Navarro

Pasar unos días solo en una megalópolis donde no hay amistades a quienes recurrir equivale a sumergirse en la más absoluta de las soledades. Eres invisible y esa sensación es definitivamente sanadora; te hace crecer, te provoca el investigarte por dentro, remueve tu pasado para identificar qué es lo que eres, minimiza tus logros para convertirlos en pistas de crecimiento.

Viajar con uno mismo entre calles abarrotadas es tener que hablar contigo, no rehuirte, afrontar quién eres y decidir si quieres seguir otro año más así, qué cosas hay que cambiar, cómo de viejo te sientes, cuántos proyectos te provocan pasión, cuánta gente te quiere, cómo de grande es tu amor por la vida.

No sacar conclusiones es grave, no decidir cambios lo es más.

En estas mañanas londinenses madrugo para desayunar entre desconocidos antes de patearme la ciudad en busca de entender quién soy, aunque sea a través de Ana Bolena, de Mark Rothko, del reflejo del puente del milenio en el Támesis o del sabor de un asado en un restaurante argentino de Marylebone.

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