Gijón

14 enero, 2018Salvador_Navarro

Hace tantos años que no pongo en pie qué era de mi vida por entonces, en ese bar de la calle Betis donde un matrimonio joven de Gijón recién llegado a Sevilla me preguntó, con la excitación propia del recién llegado, qué era imprescindible visitar en la ciudad.

Es un flash de felicidad que asoma de vez en cuando; esas risas y las cervezas mientras les señalaba en un mapa la ruta a seguir, convencido plenamente de que el mayor placer siempre es del que da.

Esa experiencia simplona me sirvió para establecer una consigna vital: Sevilla no es de los sevillanos. En ese bar trianero me sentí como simple facilitador de la entrada de un par de asturianos en la magia de una ciudad que era tan suya como mío es Gijón, donde nunca estuve.

La vida me ha llevado a visitar decenas de ciudades por todo el mundo y a recibir invitados de lo más variopintos, de ahí que siempre intento tratar a aquéllos que vienen a casa como a mí me gustaría que se detuvieran y me explicasen sus terruños con la magia que no desprenden las guías de viaje ni wikipedia, con el sabor exquisito de la irrepetible visión individual de quien la habita.

Nada más torpe que creerse propietario de lugares en los que tuvimos la suerte de nacer.

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