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Digno

16 marzo, 2019Salvador_Navarro

Evitar decepcionar a los otros supone un esfuerzo ímprobo que no tiene por qué ser sano. Desprenderse de esas obligaciones es una de las primeras tareas que le encomienda un psicoterapeuta a un nuevo paciente las primeras sesiones. “Piensa primero en no decepcionarte a ti”.

El problema, o no, de los que somos especialmente devotos del no defraudar a la gente a la que queremos, es que en el fondo esa obsesión tiene mucho que ver con no defraudarnos a nosotros mismos.

Ya de pequeñito, siendo un moco, me planteaba como reto que nunca se me tuviera que reñir, ni repetir las cosas dos veces. Por eso siempre fui un crío muy bueno, a pesar de la dureza de esa autodisciplina. Tal vez por eso me ha ido esencialmente en la vida, porque no me permito el patinar, incluso admitiendo que la vida debiera ser más relajada y que ese tipo de corazas pueden acabar asfixiando la propia libertad.

Al psicoterapeuta, que lo tuve, le explicaba que a mí me daba placer ser una persona así y que no lo hacía por bondad, sino por egoísmo. Me comporto como quisiera que la gente se comportase conmigo, y eso me produce un tremendo placer.

Con el transcurso de los años voy reconociendo a mis similares, a los ‘dignos’, a ésos que nunca fallan, que no llegan tarde, que siempre mantienen su palabra, esa gente inequívocamente fiable, coherente. Son pocos, pero me enamoran.

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