Contagio

20 julio, 2020Salvador_Navarro
Hace años se me quedó grabada una reflexión de mi amigo Ignacio que me desarmó:

―La felicidad, Salva, no es contagiosa.

Te sientes impotente cuando tienes a alguien querido a tu lado, y ves que pasan los años, las historias o los proyectos por su vida y no terminan de coger el toro por los cuernos de la estabilidad emocional, del disfrute de las pequeñas cosas, de la relativización de lo que estas personas cercanas consideran importante, esencial para dar sentido a su existencia.

Esa frase se me quedó grabada por lo cruda que es, por la verdad que arrastra.

Es doloroso no poder inyectar parte de tu emoción por la vida a personas que te importan, sobre todo cuando el tiempo va demostrando que no son circunstanciales sus actitudes negativas ante los retos que se nos plantean de continuo.

Hay gente tan querida a la que zarandearía mil veces para transmitirle mi verdad, las ganas de cruzar tantos puentes hacia sitios que sé que en un futuro me harán tan completo como lo soy ahora porque, ante todo, es el juego de ir y venir, de proyectar nuevos horizontes lo que nos hace felices.

Achucharles y decirles que la vida no será maravillosa al otro lado de la línea que colocan artificialmente como objetivo. No hay que encontrar la pareja, el apartamento, el gran amigo, el trabajo que mereces, una nueva ciudad ni diez kilos menos.

Porque, cuando atraviesen esa meta, se darán cuenta de que no hay situaciones milagrosas que te hagan ser feliz. Y trazarán otra línea.

No, la felicidad no es contagiosa ni las estrategias vitales las venden en botes de cristal.

(Pintura de Mónica Rohan)

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