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Bananas

17 marzo, 2019Salvador_Navarro

En Sevilla, de pequeño y en mi entorno, interioricé dos mensajes acerca de los catalanes, que son admirables y son muy suyos. La conjugación de esas dos argumentaciones podía convertirse, a partir de la experiencia personal, en un deslumbramiento hacia esa tierra, algo que se acrecentó en mí cuando tuve desde adolescente la oportunidad de visitarla en muchas ocasiones, o en desapego, por quienes los veían como una gente que sólo se miraba el ombligo. No hay verdades que se apoyen en mensajes tan simplistas.

Como simplista pienso que es el universo en el que se ha educado a los escolares catalanes en estos cuarenta años de democracia, con una visión catalanocéntrica del mundo donde lo español es, además de ajeno, cutre, corrupto y casposo. La modernidad estaba en ellos y, por ende, la superioridad moral. Todo lo demás era intoxicación del estado opresor. Poco importaba tener un autogobierno con competencias inimaginables en otra democracia occidental, ser la comunidad más rica de España o disfrutar de una posición de privilegio en el enorme mercado de nuestro país. Nunca era suficiente para marcar territorio al mundo soberanista.

La ambición llevó al nacionalismo hiperventilado a utilizar las propias leyes, dadas por consenso entre todos los españoles, casposos o no, para romperlas. Reírse de todos nosotros y de una gran parte de sus propios conciudadanos catalanes, romper en dos el Estatut y declarar la independencia con malas artes, como juego de trileros, reventando el verdadero significado de la palabra democracia.

‘Votar no es delito’, gritan al viento con expresión victimista. No, votar no es delito. Pero si yo no pago mis impuestos, si yo no respeto la ley, si yo me río de las sentencias judiciales es seguro que acabo delante de un tribunal. En Barcelona, Sevilla y Maspalomas. ¡Afortunadamente! Imaginemos que un pueblo vota que todos los inmigrantes censados tienen que cobrar la mitad de sueldo que los nacidos en el lugar por el mismo trabajo. ¿Se podría permitir? ¿Todo voto es demócrata o sólo aquél que acata las leyes de todos?

Ahora nos encontramos con un presidente de la Generalitat que trata de mofarse de la Junta Electoral Central colgando carteles con lazos amarillos en un edificio de todos los catalanes, sin darse cuenta del daño irreparable que está haciendo al prestigio de una tierra que no hace muchos años era una bomba cultural, cosmopolita, modelo de integración y símbolo de modernidad.

Yo cambiaría el lazo por una banana, que también es amarilla y adjetivaría bien a esa república imaginaria de aquéllos que se creen por encima del bien y el mal.

Ridículo.

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