Chorizo – El hombre que ya no soy

19 mayo, 2020Salvador_Navarro

Era de noche cuando Elisa llegó a casa de sus padres. No había luces. Llamó a su madre y apagó antes de que pudiese cogerlo, para tranquilizar su conciencia haciendo aparecer su nombre como llamada perdida. Rosa no tardó en devolvérsela, pero Elisa dejó el teléfono vibrar sobre la mesa de la cocina mientras cortaba rodajas de chorizo con ansiedad. Con un grito ahogado, de golpe, le sorprendió la luz del salón recién encendida y unos pasos que bajaban por las escaleras que daban al salón. Con el cuchillo en la mano, andando sin hacer ruido, fue asomándose, con Almudena en la cabeza.

—¡Elisa!

Bajó los brazos y cerró los ojos con un suspiro cuando vio a su hermano Martín, con cara de dormido y en pijama, bajando hasta el salón.

—¿Qué haces aquí?

Él se le acercó, le retiró el cuchillo con grasa de chorizo y le dio un beso poco correspondido por ella.

—¿Te parece una buena razón venir a ver a mi padre a la UCI?

Ella no se atrevió a preguntar por qué en la UCI.

—He venido desde Londres a verlo, pero parece que tú no lo visitarías ni viviendo en la misma manzana del hospital.

—¿Te ha reconocido?

—No lo sé, Elisa. Te mira, con todos los tubos puestos, pero no dice nada.

—No me dijo mamá que estuviese tan grave.

—Contigo hace años que perdimos todos la confianza.

El golpe era seco, pero no injusto.

—¿Qué le ha pasado?

—Al parecer tiene un tumor del tamaño de una pelota de pimpón en la cabeza. Tuvo una parada cardiorrespiratoria ayer por la noche, así que tomé el primer vuelo de esta mañana. Tu hermana Nuria ha estado contándomelo todo en directo desde hace días.

Sin decir nada, pensando en la posible mala prensa que de ella harían Nuria y sus padres, Elisa tomó el cuchillo y volvió a la cocina. Sacó un par de cervezas.

—¿Cómo te va en Londres?

—Estás viviendo con ellos, Elisa.

—No estoy preguntándote sobre mí, sino cómo te va en Londres.

—Sé buscarme la vida, comparto casa, tengo una novieta y gano incluso para ahorrar un poco.

—Me alegro.

Martín, nervioso, bebió en un sorbo medio botellín.

—Eres egoísta, Elisa.

Ella se terminó el chorizo con calma y le dio a él el culo tras cortarle la cuerda del nudo final.

—Soy producto de una vida desestructurada, hermano mío.

—Eres demasiado inteligente para venirme con esas…

—La rubia perfecta de las dos carreras, hermana e hija soñada por cualquier familia bien.

—No me vaciles.

—¿Sabes lo que es estar hasta el culo de heroína?

Martín, impresionado, no supo mantenerle la mirada.

—Y no, no digo que tu padre me pusiera la jeringuilla en las manos.

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