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Tantos días felices – Laurie Colwin

Posted by on Ago 24, 2015 in Colwin, Entradas, Experiencias, Mis lecturas | 0 comments

Tantos días felices – Laurie Colwin

Este libro lo compré durante mis vacaciones en San Sebastián gracias a una reseña en El País que la calificaba como una novela donde no pasa nada, en clave de buenrollismo y que, sin embargo, era redonda. La foto de Laurie Colwin en blanco y negro, su corta vida y las ganas de leer algo luminoso me llevó a hacerme con ella. Ya a mitad de las vacaciones tenía terminada, que no digerida, una historia cuya principal debilidad es que acabe tan pronto. Con una escritura limpia y ágil, un manejo envidiable de la elipsis y un, para mí lo más destacado, un tratamiento exquisito de los personajes, Laurie Colwin nos introduce en la vida compartida de dos universitarios americanos: su amistad, el enamoramiento de cada uno, las mujeres que les han elegido y los proyectos de vida cambiantes pero coherentes de cada uno de ellos cuatro. Todo ello sin pasearse por paisajes, situaciones históricas o descripciones detalladas. Suave como un arroyo entre un bosque fresco inhabitado, así discurre el devenir de la novela, saltando de uno a otro sin orden ni reglas, haciendo zoom en conversaciones que se antojan clave, observándolos cuando es preciso, indagando en sus miedos y celebrando la vida…   Holly lo tenía bien agarrado. Capaz de advertir que los cuadros de la pared estaban ligerísimamente torcidos, cuando se trataba de emociones, Holly era Gengis Kan. ¿Sería ella una de esas personas tan desordenadas que de vez en cuando necesitaban algún tipo de desorden?   ‘Me paso el rato pensando. No te escribo una carta porque prefiero hablar. Echarte de menos es instructivo’   Sí que había algo maravilloso en que alguien te quisiera… El amor nos vuelve idiota a todos. Hete aquí el destino del hombre.   Viviendo con Vincent, Misty se dio cuenta de que había pasado buena parte de su vida preparada para rechazar algún terrible golpe bajo. Ella no creía que la mayoría de las personas fueran amables ni decentes. Nunca había creído que en la vida todo pudiera ir sobre ruedas. No creía que la vida fuera a dejarte en paz para poder ser feliz en este mundo.   Viéndolo dormir, Misty tuvo una revelación: los buenos no tienen por qué salvaguardar la moral, porque son así de nacimiento, mientras que para las personas como Misty, que no eran buenas, la bondad suponían un esfuerzo extraordinario. En eso consistía un sistema moral: te ayudaba a ser bueno cuanto tú no lo eras demasiado. De Vincent, Misty había aprendido que la bondad y la estupidez no estaban necesariamente vinculadas. Uno podía ser bueno y también inteligente.   Desesperado, Vincent le había dicho: ‘A veces creo que estoy enamorado, y otras, que estoy enfermo’. El quid de la cuestión era ese, pensó Guido. Holly lo abrazó, y durante aquellos instantes él no fue capaz de distinguir entre una cosa y la otra.   -Bueno, pues ese es el problema de las buenas personas. Nunca puedes contarles nada.   En cuanto Vincent ventilaba su ira, no tardaba en olvidarla. Ya no estaba enfadado, y los dos lo sabían.   -Pues que Dios te ama más de lo que tú te amas a ti misma -respondió María Teresa-. Eso me lo dijo una monja en el colegio y tenía razón. -Y Dios ama a los pobres porque creó a muchísimos -contestó Misty-. ¿No?   Levantaron las copas y, a la luz de las velas, brindaron por una vida verdaderamente maravillosa.   Echo de menos a Misty....

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